Que vivan los estudiantes

Por: Manuel Malaver

No es solo cuestión de la frescura que a torrentes le han impreso al movimiento democrático, popular y antichavista, sino, igualmente, del coraje, creatividad, moderación y cordura que, incluso, en las circunstancias más adversas rubrican para dejar constancia de una democracia venezolana siempre viva, siempre robusta, siempre renovada.

Lo sorprendente es que en su mayoría cifran edades de entre 15 y 25 años, o sea, que los más jóvenes no han conocido otro gobierno que la autocracia que desgobierna al país desde 1999, y los más viejos cruzaron del 85 hasta hoy por una época de turbulencias que no les permitió alero para establecer la diferencia entre gobiernos de democracia maltrecha y aquellos que simulan ser democráticos, pero para proceder a estropearla, maltratarla, anularla y liquidarla.

Cómo llegaron sin tiempo a un conocimiento que a los hombres y mujeres de generaciones anteriores costó tanto aprender, concientizar y axiologizar, es un misterio que no sé si remitir a sociólogos, historiadores, filósofos, antropólogos o teólogos.

En todo caso, una dicotomía que reforzó sus anhelos instintivos de libertad, su propensión al sueño y lo imposible, en cuanto que, ver el regreso del hombre fuerte para intentar imponerse a los débiles a punto de demagogia, tribalismo e impostura, no era ya una presunción, sino una realidad asfixiante y abominable.

Per contra, la presencia de los rebeldes, de los indomables, de los alzados, de los irreductibles, de los ciudadanos que no se dejan someter, de los venezolanos que no renuncian a sus derechos, ni oyen los cantos de sirena de la demagogia, y están siempre en las calles, plazas, sitios de trabajo, casas de habitación, vecindario, iglesias, escuelas y universidades, denunciando y enfrentando la perversión que se empeña en arrebatarles la libertad a cambio de mendrugos.

De modo que, mejor escuela y mejores maestros no pudieron tener los estudiantes de la nueva generación; pero, igualmente, mejores discípulos no encontraron quienes aspiran a que sus palabras y sus hechos no caigan en tierra estéril y sean la simiente que preserve a Venezuela de los vacíos presentes y futuros.

Y ese es, sin duda, el mensaje, la señal frente a la cual crece el desequilibrio de los que se aferran a que Venezuela se convierta en una cáscara de nuez solo al alcance de sus roeduras, en un círculo férreo y cerrado que se niegue, incluso, a permitir la más desprevenida mirada de afuera, como que, son las sombras su único y vital sustento, los metros cuadrados que necesitan para hacernos cada vez más minúsculos, cada vez más írritos, cada más inútiles.

Por eso, la respuesta de Chávez al movimiento estudiantil no podía ser más irracional, más intemperante, más violenta, desde amenazarlos con cárceles y el fin de la autonomía universitaria, hasta dar órdenes a los cuerpos represivos a “lanzarles gas del bueno”, y acosarlos con la fuerza de los que portan armas y licencias para matar.

Espectáculo que no se vivía desde los días más turbios de las dictaduras de Juan Vicente Gómez y Marcos Pérez Jiménez, que forma parte del legado común por el que los pueblos del continente han escrito páginas gloriosas en la lucha por la democracia y la libertad, pero que Chávez no ha tenido empacho en restaurar y restablecer en una demostración de que su vocación definitiva se inscribe a favor de la autocracia, la tiranía y el terror.

Nada, sin embargo, que inhabilite y restrinja al movimiento estudiantil, que tras cada amenaza, tras cada muralla antepuesta por la intolerancia y la violencia oficial ha encontrado razones para desafiar, persistir e imponerse en una lucha que progresivamente se ha hecho consubstancial a su estilo, energía, caudal y frescura.

Y es como si todo el país se hubiera vuelto joven, como si hubiese recobrado la capacidad de alargarse en las dimensiones que determina el salirle al paso al vacío, a la nada transfigurada en poder de un mandamás enloquecido por convertir a Venezuela en su hacienda personal, y a los ciudadanos en peones cuya única misión es dedicarse a su adoración perpetua y contribuir a que su poder sea cada vez más férreo, más incontrolado y más absoluto.

De ahí que la convocatoria de los estudiantes a la marcha de ayer por el “NO” y contra el empeño de Chávez de hacerse elegir presidente vitalicio a través del recurso de una enmienda que ya fue rechazada por los electores, pero que insiste en aprobar en denegación inadmisible de la constitución y la esencia republicana del sistema de gobierno vigente, fuese acogida multitudinariamente por venezolanos de todas las edades, sexos, razas y credos, deviniera en otra fiesta de la paz, la convivencia y la pluralidad, y contribuyera más que ninguna otra prédica, iniciativa y demostración a que el futuro de la democracia esté preservado y la derrota de las fuerzas del odio, la dictadura y la represión, cuestión de días.

O sea, tiene día y hora, y no son otros que el próximo domingo 15 cuando Venezuela se vuelque mayoritariamente a votar porque NO mantenga la esencia republicana del país, el gobierno de Chávez termine el 2012, y, a partir de ahí, el pueblo pueda darse los gobernantes que le indiquen sus preferencias políticas y partidistas.

Pero sin abrigar dudas de que los nuevos gobernantes sean íntegramente democráticos, devotos del estado derecho y de la defensa de los derechos humanos, de la libertad en una sociedad justa, de bienestar e igualdad de oportunidades para todos, y no se vuelva a permitir la distorsión que casi nos hace naufragar como nación, pueblo y sociedad; la que estableció a Chávez durante 10 años aplicando el ácido disolvente que destruye esperanzas, sueños e inocencia.

En otras palabras: que no más militarismo, no más autoritarismo, no más represión y violación de los derechos humanos, no más intentos de convertirnos en una comunidad de intolerantes y de pensamiento único, no más chafarotes, ni gas para ahogar la libertad y el derecho a la vida, no más corrupción ni impunidad para los delincuentes y no más reelección indefinida para ponerle fin a la república y retrotraernos a una vulgar y pestilente monarquía.

Y que brille para siempre la antorcha que se prendió en febrero del año 28, volvió a refulgir en noviembre del 57, y desde el 2007 es una llama que no solo está alumbrando el camino de los demócratas, sino oscureciendo el de los autócratas y totalitarios.

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