Cuba no da la cara en la derrota del Clásico

A las 12:43 de la madrugada del jueves terminó la aventura cubana en San Diego.

Higinio Vélez cedió otra batalla y ahora sí perdió la guerra. Y en un país donde la andadura de su equipo de béisbol en el Clásico Mundial es comparado con una suerte de campaña bélica, lo que sucedió el miércoles en el Petco Park es, sencillamente y para ponerlo en términos militaristas, no cumplir con las órdenes del máximo jefe.

La Máquina Roja, uno de las imágenes que más orgullo exhibe la revolución cubana, quedó maltrecha, al sufrir el fracaso más grande en la historia de la pelota de la isla.

Jamás, desde que empezó a jugar en un torneo internacional en 1939, la novena cubana había quedado fuera de los tres primeros.

El fracaso, o acaso la tensión de tener que enfrentar a una isla herida, se notaba en el rostro de los jugadores.

Vélez, entretanto, dejó la altivez en el dugout y no se presentó ante los medios de comunicación.

El siempre aguerrido mánager esta vez no tenía respuestas. Sólo dejó una escueta declaración que ni siquiera fue leída por él, y en su lugar se escuchó una voz en inglés.

“Lamento por no poder estar esta noche en la conferencia de prensa. Pero me gustaría agradecer a todos por su amabilidad con el equipo cubano. Me gustaría felicitar al equipo japonés por su gran victoria de esta noche. Fueron mucho mejores que nosotros y por eso se merecieron el triunfo. Merecen ir a las finales. Así que lo único que nos queda es continuar la pelea por nuestro gran juego, el béisbol. Muchas gracias, y les deseamos lo mejor a los cuatro equipos que van a Los Angeles”, indicó la declaración.

A diferencia de la derrota anterior ante Japón, Cuba esta vez sí se tardó en el clubhouse.

A las 12:14 de la madrugada, Frederich Cepeda, el baluarte ofensivo más importante del equipo, se asomó a la puerta. Ante la pregunta de un periodista pidiendo un comentario, el jardinero se negó.

A las 12:34, el equipo empezó a salir del clubhouse. La cara de la derrota en el rostro, la preocupación marcada en el semblante de Antonio Castro –hijo de Fidel Castro– y después Higinio. Antes un hombrecillo de corta estatura se parapetó delante del pequeño ramillete de periodistas para impedir el contacto con el cuerpo técnico antillano.

Dos autobuses esperaban a Cuba en las afueras del parque. Uno a uno fueron entrando hasta completar la delegación.

Los motores echaron a andar y a las 12:43 se enrumbaban ya por la Tony Gwynn Drive.

Poco a poco el color rojo de uno de los autobuses se fue opacando en medio de la nívea túnica que envolvía la ciudad hasta que al final la espesa niebla los terminó engullendo.

A lo lejos se perdían las dos “guaguas” que los llevarían cuanto antes al aeropuerto para iniciar la primera etapa de un largo y tortuoso viaje rumbo a la isla.

En Cuba, Higinio recibirá muchas preguntas y allá sí tendrá que contestarlas.

Por LUIS E. RANGEL/El Nuevo Herald
SAN DIEGO

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